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martes, 8 de noviembre de 2011

Respuesta a 'La democracia que necesitamos'

Por Francisco Díaz González.
Estudiante pregrado Historia
de la Universidad de Chile.

EL ARTICULO ES UNA RÉPLICA A "LA DEMOCRACIA QUE NECESITAMOS"

Suponer que la democracia representativa sea uno de los impedimentos para hacer posible la consideración de las demandas del movimiento estudiantil, sin tomar en cuenta las características particulares de la democracia chilena tal como hoy la conocemos, es una forma imprecisa e incompleta de intentar detectar el verdadero problema con el cargamos como comunidad política. Por eso el artículo de Lucas no logra a cabalidad lo que se propone, pues desconoce nuestras condiciones institucionales, o bien conociéndolas, las cree irrelevantes.

La democracia chilena tiene tres particularidades que debieran ser consideradas antes de atacar su carácter representativo. La Constitución del 80’ se encargó de petrificar una democracia que no hace posible que sea la decisión de la mayoría la que prevalezca. Su imperfección, perversamente pensada, radica en la actual existencia de tres enclaves autoritarios: el sistema de elección binominal, los quórum contra mayoritarios para la aprobación de leyes y la existencia de un tribunal constitucional. El primero supone la incapacidad institucional de permitir la representación real y proporcional en el parlamento de todos los sectores políticos de la sociedad, y, en consecuencia, permite que la derecha obtenga los escaños necesarios para vetar, mediante el altísimo quórum de aprobación legal, la mayoría en el parlamento. Tal veto estaría luego reforzado por el tribunal constitucional, que compuesto por desconocidos abogados llamados a ser los guardianes de la Constitución, tienen la facultad de anular una ley aunque se hubiera aprobado por una (super)mayoría parlamentaria.

En ningún país donde existan instituciones de este tipo se vuelve probable que las demandas del pueblo puedan ser debidamente articuladas y luego en forma de ley aprobadas por sus representantes en el parlamento. Nuestra democracia está hecha, así lo declaró una y otra vez Guzmán, para que cualquier decisión que tome el parlamento sea una que deba contar con la aprobación de la derecha. En tales circunstancias cualquier democracia representativa es simplemente opresiva, pues un grupo minoritario decide por el pueblo. De ahí que hoy sea de sentido común apelar al ‘consenso’ como forma de decidir nuestro destino, pues para la aprobación de una ley la “izquierda” tiene que ‘negociar’ con la derecha. La mejor versión posible de la democracia, una de tipo radical, supone que sea efectivamente la mayoría la que decida como resultado de la contraposición de proyectos políticos en disputa. La democracia de los consensos no es una democracia propiamente tal, pues desconoce lo que supone una comunidad política (polis) donde personas conviven y polemizan (pólemos) sobre lo que creen correcto para su vida en común. En su interior, el criterio de lo político determinará la diferencia entre un nosotros y un ellos, diferencia que definirá la identidad de uno en relación al otro, y desde la condición conflictual inescapable de lo político, bien podremos actuar en democracia sin necesidad del advenimiento del estado radical de la guerra y del terror.

Precisamente por lo anterior es que a Lucas le parece que el concepto de ciudadanía ha devenido vacío, lo cual no deja de ser cierto. Sin embargo, bastaría partir por reparar estas atrocidades constitucionales, además de incluir al gran porcentaje de ciudadanos inactivos, para que el concepto de ciudadano adquiriera nuevamente sentido, y con ello potencialmente pueda disolver la disonancia cognitiva que se produce entre nuestras actuales formas de vida enajenadas y la promesa política de realización colectiva. Aquello que Lucas predica de ‘abstracto’ no es más que la declaración política de reconocernos como iguales, aunque aceptemos la evidencia de que no somos naturalmente iguales. Pero esta evidencia no se contradice con aquella declaración que reclama la igualdad de las posiciones en disputa, que sujetándose a la posibilidad de que se radicalicen, aceptan sin embargo el principio democrático, en función de su historia inevitablemente común, de coexistencia, la cual por la condición política de ambos vuelve necesario permitir que cada identidad política, y por tanto colectiva, pueda verse encarnada en su representante, al tiempo que los representados puedan reconocerse en el proyecto que encarna el representante por sentirlo el propio.

Contraponer a la democracia representativa, la directa, considerando a esta como la mejor forma en que una sociedad se puede organizar, es una forma de eludir aquellos factores que Nadine sí considera en su artículo y que Lucas desecha por ‘abstractos’. Detectar en el argumento de Nadine una ‘ascendencia liberal’, no logra ser un punto aclaratorio sobre algo que pueda aportar algo a la discusión. Lo mismo podríamos hacer con la argumentación de Lucas, y sostener que tiene una ‘ascendencia trotskista’. Sería una discusión fútil, entre otras cosas, porque podríamos cometer el injusto movimiento de achacarle a él todo cuanto propugna el trotskismo sin saber si acaso está de acuerdo en todo aquello. En el fondo sería una mera etiqueta que entorpecería nuestra discusión. De hecho, lo dicho en los párrafos anteriores, donde defiendo una concepción de democracia representativa que sin embargo no deviene consensual ni peticionista, hace que se desvanezca el ejercicio ‘genealógico’ de Lucas. En otras palabras, la defensa que hace Nadine de la democracia representativa no supone necesariamente defender el liberalismo que relata Lucas, ni mucho menos estar alineado a una de sus tantas versiones, como la propuesta por Constant.

Dado las condiciones que harían posible la democracia directa —mencionadas por Nadine en su artículo y que tomo por ciertas— entonces no veo imposible pensar en la coexistencia de esta con una de carácter representativa. Puesto que en contextos homogéneos de identidad no necesariamente política sí es posible practicar la democracia directa, correspondería entonces que pudiera ser aplicada en aquellos contextos donde se dieran tales condiciones, como probablemente se dan en los espacios locales donde la contraposición entre quienes mantienen una diferencia no alcanza a asumir una de tipo existencial. En cambio para la magnitud que alcanza el contexto de un Estado, en la forma como hoy lo conocemos, que en su seno contiene posiciones políticas antagónicas, surgidas desde una variedad de identidades, discursos e imaginarios sociales, y con pretensiones de poder y de apropiación constante de la identidad completa de la comunidad, entonces tiene sentido que sean los representantes quienes mejor encarnen el discurso que, para el caso de uno de izquierda, haga posible prevalecer la emancipación del pueblo en contra de la posición opresiva de una minoría protectora de sus privilegios.

La democracia representativa en su mejor versión institucional, sería aquella que no diera espacio a la instrumentalización de la instancia en la que por excelencia se da la discusión política de relevancia pública, y que no considerara al parlamento como mera plataforma procedimental para adelantar los intereses particulares de cada representante. Allí donde en una comunidad se haga probable que la decisión tomada sea la del pueblo, es decir, la de una mayoría real, entonces se sabrán dadas las condiciones para consagrar una democracia de tipo ‘radical y virtuosa’ y no ‘protegida y viciada’. Y si hoy los representantes de “izquierda” en el parlamento no encarnan ni ellos ni sus partidos las demandas del pueblo, el problema en ningún caso es de la representación política; el problema es de la izquierda que tenemos hoy. La derrota de los socialismos del siglo XX nos ha dejado en la descomposición absoluta, y los Estados cautivos de concepciones neoliberales han dado paso a la hegemonía de una derecha populista, y que en el caso chileno, para la estupefacción de todos, es al mismo tiempo neoliberal y conservadora.

Una de tantas lecciones que nos ha dejado el presente movimiento estudiantil, es que estando de acuerdo en gran parte con lo que queremos, no hemos logrado superar el entrampamiento político que supone estar entre el voluntarismo del movimiento social y la disposición tecnocrática de nuestros representantes. Y hoy la misma Universidad de Chile se halla en esta situación a propósito del comienzo del segundo semestre. El estado actual de la izquierda desmembrada y de nuestra falsa democracia, ha hecho urgente que como comunidad volvamos a constituirnos, porque es el pueblo encarnado en el representante el que debe decidir su voluntad, que es la ley.

Uno no puede sino celebrar los artículos que se han dado en este espacio. Repensar desde las humanidades lo político y la política es una de las tantas formas que tenemos de apropiarnos de nosotros mismos.

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